Unas palabras que te debo; unas palabras que me debo.

En los pliegues de su piel.

Un domingo cualquiera; domingo 7:12 A.M.

 Él le gritó, una y otra vez, "¡Dejá de correr!". Le gritó una y otra vez, y de nuevo lo hacia. 
Insistentemente gritó: "¡DEJÁ DE CORRER!". Con su rostro arrugado, con las sombras marcando el paso del tiempo en su piel, gritaba y gritaba, y de nuevo, volvía a gritar. Y nunca le hizo caso, por mas que murió sin vos, y luchando contra su absurda prisa, su vida nunca dejó de correr.